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REPORTAJES 2012-07-13
 

Rancho El Molino Chimalhuacán


HISTORIA, RESCATE Y MAGIA

El sol aparece en el horizonte y una pálida luz se refleja sobre las aguas del inmenso lago de Texcoco. Mientras trascurre el tiempo, la superficie se tiñe de un color plata brillante que encanta. De pronto, de las frondosas ramas de los sauces y ahuehuetes que rodean el lago, parvadas de aves levantan el vuelo emitiendo un barullo festivo. Es un amanecer de 1948 en Chimalhuacán.

En una pequeña casa ubicada en las cercanías de lo que actualmente es la cabecera municipal, la luz del sol irrumpe en el sueño de Fermín Flores, hijo de Isidro Flores, administrador del Rancho San José Chimalhuacán, una de las haciendas más importantes de la zona. Fermín tiene 16 años y desde hace ocho ya trabaja en el rancho. Es delgado, de un metro 70 de estatura, tez morena clara y ojo cafés.

Fermín se levanta de la cama intempestivamente; se viste con pantalones vaqueros, botas, sombrero, y corre a cumplir con sus labores. En el camino lo acompañan la vista celeste del lago y el espesor de los ahuehuetes. Es el menor de ocho hermanos. No le gusta la escuela, ama el rancho y sus campos, suele nadar en sus cristalinos manantiales, pesca, caza patos, contempla los dorados atardeceres reflejados en el lago y disfruta limpiando los jardines de la hacienda.

Con casi dos siglos de historia, el Rancho El Molino es recordado por los colonos como un antiguo paraíso. Los primeros registros que se tienen de este lugar datan de 1853, año en que el rancho albergaba una fábrica de papel de estraza administrada por una familia española de apellido Aceves. A finales del siglo XIX, en la hacienda se elaboraban sarapes, y posteriormente se usó para la molienda de trigo.

En 1935 el predio pertenecía a Luis y Guadalupe Legorreta. Don Luis compró la hacienda a un hombre alemán llamado Arnold Maak como un obsequio para su esposa, Guadalupe, una mujer rubia, de profundos ojos azules, con una descomunal belleza y fuerte carácter. En manos de los Legorreta el rancho estuvo dedicado principalmente a la producción agrícola.

Es un día común de 1969. Fermín tiene ahora 27 años y sustituye a su padre en la administración del rancho; es intrépido, estricto en el trabajo y tiene 20 empleados a su cargo. En sus manos, la hacienda marcha bien: las tierras producen alfalfa, avena, remolacha, rábanos, lechugas y cebollas (las verduras de Chimalhuacán son famosas en el mercado de La Merced por su excelente calidad). Montado sobre su pelirrojo y bravío caballo Tambor, Fermín vigila que todo esté en orden, y de vez en cuando plática con su árbol favorito, un fresno al cual pide sabiduría y fuerzas para dirigir la hacienda.
“Gente venida de lejos habita nuevas colonias y encuentra en lo que era el lago inicio de otras victorias”, dice el texto de un cancionero popular.

Todo fue prosperidad hasta la década de los años 80, cuando una oleada de inmigrantes de diferentes estados de la república llegó con una fuerte demanda de vivienda y servicios básicos. En un abrir y cerrar de ojos, todo cambió. Entre la administración de la hacienda y el cuidado de su familia, Fermín vio terminada la desecación del lago de Texcoco iniciada en 1952. Los manantiales y la belleza de aquel campirano Chimalhuacán se desvanecieron; muchas personas invadieron las tierras de cosecha, y ante los constantes saqueos de los extraños, los Legorreta decidieron abandonar la siembra.

Hoy, a sus 70 años, sentado en la sala de su casa –ubicada en la avenida El Molino–, rodeado de paredes adornadas con fotografías de su juventud, donde aparece en diferentes escenarios del Rancho, don Fermín recuerda aquellos tiempos de esplendor de la alquería hasta el día en que se volvió propiedad del judío Isaac Vainer Girhs, dueño de la Constructora Ladera Nueva, quien la adquirió por tres millones 450 mil pesos.

Girhs vio en la creciente migración una gran oportunidad para construir casas de interés social en los terrenos que anteriormente estaban dedicados a la siembra, y desarrolló una unidad habitacional llamada El Molino. Posteriormente, los condominios fueron adquiridos por trabajadores del entonces Sindicato de Autotransportes Urbanos Ruta 100, quienes poco a poco dejaron las viviendas en manos de arrendatarios.

“Así, de dueño en dueño y de mano en mano, llegó la decadencia del lugar”, recuerda don Fermín, quien además enfermó gravemente al ver cómo desaparecía la belleza de su querido rancho. Luego de ese fugaz viaje a sus adentros, don Fermín vuelve la mirada a su presente y expone su parecer sobre el rescate que encabeza el gobierno de Chimalhuacán: “Siento una satisfacción muy grande al saber que la prosperidad regresa al rancho, pero ahora sí para siempre”.

Del nuevo, al mágico Chimalhuacán

Como si se resistiera al abandono, el Rancho El Molino y su gloriosa historia resurgieron. El miércoles 17 de noviembre de ese año, los habitantes del municipio recibieron una noticia que repercutiría significativamente en su desarrollo social y cultural: luego de un largo periodo de gestión por parte del Ayuntamiento de Chimalhuacán, el Gobierno del Estado de México (GEM), entonces encabezado por Enrique Peña Nieto, expropió “por causa de utilidad pública, el predio denominado El Molino a favor del municipio de Chimalhuacán”. El proyecto de rescate comprende la construcción de un Auditorio con capacidad para mil 700 espectadores, un corredor escultórico, un área de juegos, una fuente interactiva, un reloj floral, una fuente saltarina, un teatro al aire libre y la restauración de la exhacienda el Molino.

En entrevista, el exalcalde Jesús Tolentino Román Bojórquez explicó que “la resolución del GEM es relevante, toda vez que el Rancho El Molino es un baluarte cultural e histórico del pueblo; además, porque el proyecto presentado por el municipio estuvo pensado para superar una deficiencia sustancial en materia de espacios culturales, deportivos y cívicos para esta población de casi un millón de habitantes”.

Por estar Chimalhuacán ubicado en la zona oriente del Estado de México, al igual que Ixtapaluca, Los Reyes la Paz, San Vicente Chicoloapan y Texcoco, carece de elementos de infraestructura cultural como auditorios, teatros y bibliotecas. De acuerdo con la investigación que Abel Pérez Zamorano, doctor en Economía, publicó en su libro Marginación urbana, el caso del oriente mexiquense (2010), “para que esta área en su conjunto pueda tener un nivel de desarrollo cultural similar al del Valle de Toluca necesitaría tener por lo menos 34 auditorios”.

Las normas de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) indican que las obras de mejoramiento del espacio físico y social, como el parque urbano, el museo local y el auditorio, son indispensables a partir de 50 mil habitantes, en tanto que la biblioteca pública lo es a partir de dos mil 500. Por lo tanto, la expropiación se justifica en esta necesidad del casi millón de chimalhuacanos, quienes para disfrutar de un día de campo o un espectáculo cultural deben trasladarse al Distrito Federal o a otros municipios de la zona metropolitana.

Román Bojórquez resaltó que el primer auditorio de Chimalhuacán estará a la altura de recintos como el Auditorio Nacional, el Palacio de Bellas Artes o el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario (CCMB) de Texcoco. Será un foro donde se promoverán las artes y la cultura en general; asimismo, se enriquecerá el talento de los artistas de la demarcación y de los niños y jóvenes que deseen recibir formación estética o simplemente acercarse a las artes, “ya que el hombre culto hace trascender a su municipio”, afirmó.

La visión de la alcaldesa de Chimalhuacán, Rosalba Pineda Ramírez, coincide con este pensamiento, pues afirma que su Administración busca que a partir del 2012 Chimalhuacán sea reconocido como un ícono de la cultura. “Por eso –dijo–, estamos desarrollando proyectos de gran impacto en esta materia. Entre ellos podemos resaltar la obra monumental Guerrero Chimalli, del escultor Sebastián, obra que además de ser un mirador contará con un museo. También está la creación de un corredor escultórico en las estaciones del Mexibús, y –por supuesto– la remodelación y conversión en recinto cultural del Rancho El Molino”.

El proyecto denominado Plaza Estado de México, que se desarrollará dentro del Rancho, será una combinación de magia y arte porque contará con la fuente saltarina más grande de todo el país, un espectáculo simultáneo de luces, música y agua. Con esta magna obra –donde se enaltece el mito de una sirena–, la remodelación de la Exhacienda el Molino y el paseo escultórico, la historia, tradición y cultura popular de Chimalhuacán hallarán una de sus mejores expresiones.

En el teatro-auditorio los visitantes podrán disfrutar conciertos sinfónicos, obras dramáticas, comedias y recitales de canto. “Estamos convencidos de que las obras son importantes y de que la cultura nace del espíritu creativo de la gente; por ello, este teatro vendrá a beneficiar tanto a la comunidad como a nuestros artistas locales, quienes ahora contarán con un espacio profesional para mostrar su talento”, explicó Pineda Ramírez.

En cuanto al carácter social de rescate del Rancho El Molino, la alcaldesa indicó que la obra en su conjunto “fortalecerá el tejido social, debido a que los niños y jóvenes tendrán un sitio donde realizar una actividad artística que los alejará del ocio y los vicios, porque los espacios recreativos son fundamentales para afianzar y fortalecer a las familia y los grupos sociales”, concluyó. El rescate incluirá, además, la trasformación de la imagen urbana, con la finalidad de atraer al turismo local, nacional e internacional. El arquitecto Juan Carlos Martínez, coordinador del proyecto, explicó: “Haremos más atractiva y pintoresca la imagen del centro, resaltando la arquitectura colonial y rústica que caracteriza a Chimalhuacán”.

Las trasformaciones incluirán el cierre de la avenida Guerrero para convertirla en un corredor peatonal; se uniformará el color de las casas del cuadro principal de la cabecera municipal, y la Plaza Estado de México y el auditorio contarán con detalles tallados en cantera por los artesanos de la localidad.

La fantasía tiene forma de sirena

Es una noche de 1853 en el Rancho El Molino, y de las entrañas de un manantial conocido como La Manal surge un dulce e hipnótico canto femenino que se propaga por todo el pueblo. La delicada voz pertenece a una hermosa criatura de largos cabellos castaños como el atardecer; tiene rostro de ángel, delicado talle y un cuerpo de pez: “es la sirena, quien cada noche se posa sobre una roca para peinar su larga cabellera y entonar una melodía que encanta a todos los hombres”, dice la leyenda.

“El mito de la sirena es uno de los más populares entre los chimalhuacanos y ha permanecido vivo en la memoria de la gente por varias generaciones”, dice Alejandro Castro Jiménez, un prolífico escultor chimalhuacano, nativo del barrio Xochitenco, quien decidió ensalzar a éste y otros cuatro personajes de la cultura popular del municipio en una obra titulada Pilares de la identidad Chimalhuacana, la cual será instalada en un paseo escultórico dentro del rancho.

En su taller, ubicado en el callejón Jazmín en Xochitenco, Castro revela algunas intimidades de su mística relación con la sirena, con quien ha soñado más de una vez: “Desde niño quedé atrapado por el mito de la sirena. No comprendo por qué la he imaginado nadando en los manantiales y llamándome. Creo que tengo una relación sensorial con ella –afirma sonriendo–. Por eso vi en el rescate del rancho la oportunidad de darle forma y vida a este personaje que está presente en la memoria de la gente”.

El taller de Castro está repleto de figuras de bronce de todos los tamaños: vírgenes, rostros femeninos y charros de carnaval, que a decir de su autor de vez en cuando se ponen a bailar y saltan a la vista. Me topo con un modelo a escala de la sirena y pregunto qué distingue a este ser mágico de otros. “La sirena del rancho –responde– es una mujer nativa de Chimalhuacán, de piel morena, rasgos indígenas, pero con el cabello castaño, y lo más importante es que lleva una aleta en su espalda y dos en las manos. Ése es un detalle que ninguna otra sirena tiene”, revela con una mirada de asombro.

Castro tiene una trayectoria de 40 años como escultor; su trabajo se halla disperso en el Estado de México, el Distrito Federal y otros estados de la república. Este maestro de la escultura en bronce señaló que él, igual que muchos otros ciudadanos, luchó junto con el gobierno municipal para que el Rancho El Molino fuera expropiado para beneficio de la comunidad, por lo que a lo largo de varios meses se dio a la tarea de recolectar más de 15 mil firmas.

Llegamos a la terraza del taller, desde donde se observa una celeste y luminosa vista del inextinguible lago de Texcoco. Castro continúa con la charla: “Estoy muy entusiasmado con este proyecto del gobierno municipal porque mucha gente soñó con volver a ver el Rancho el Molino lleno de esplendor como en sus buenos tiempos, y porque ahora todo el pueblo –sin distinciones– tendrá un espacio de recreación y para sentirse más cerca de sus raíces”.

La obra Pilares de Chimalhuacán, con la que Castro rescata la identidad y la magia de este pueblo, está integrada por la sirena del Rancho el Molino; un cantero, en homenaje al oficio más representativo de Chimalhuacán; un músico local llamado Antonio Castillo, el Coyote, quien falleció en 1973; un pescador y un campesino con las facciones y características de los nativos, quienes en la antigüedad se dedicaban a estas actividades.

“Esta obra es mi orgullo, porque es mi gente, mi identidad y mis raíces. Estos personajes representan una biografía en bronce de cómo eran los antiguos habitantes de Chimalhuacán, sus costumbres, tradiciones y hasta forma de vestir”. Todas las piezas serán talladas en bronce, así que pregunto al escultor por qué tiene tanta preferencia por este material. Él me contesta con un gesto perspicaz: “Porque la piedra dura más que una vida y porque el bronce es la esencia mística del Rancho El Molino: eterno”.



Leyni Méndez

CONAC

No. 10 / GUERRERO CHIMALLI

 

 

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